Del libro “Un hilo rojo”
Aquí sólo crecen los árboles. Todo lo demás se deteriora, envejece mal. Es como si un sistema de lentas decrepitudes terminara haciendo que la materia muestre sus adherencias, las adiposidades que destruyen la fibra del tejido. Hay algo monstruoso en el regreso, la casa colonial de su abuela Aída es ahora una plaza de cemento volcado rápidamente para olvidar la bomba que la hizo volar por los aires, después de falsificar los papeles de propiedad. Los cuerpos de los que se han enriquecido no sólo han envejecido, se han ido volviendo una masa de carne sin gestos. Cuando los miro parece que desde adentro del vientre va a saltar el payaso de resortes para asustarme una vez más.
En profundidad
La novela testigo
Por Denise León / Doctora en Letras
Le decían Sara Inés, me dijo mi madre cuando le mostré “Un hilo rojo” por primera vez y descubrí que era uno de esos libros que cuando lo leés, te ensancha los pulmones. Le decían Sara Inés y se parecía un poco a la foto esa, de rostro alargado, que está en la portada del libro, me dijo mientras yo volvía a mirar Tucumán con unos ojos que no son ni los de los hundidos ni los de los salvados, sino de lo que queda entre ellos: “Aquí sólo crecen los árboles. Todo lo demás se deteriora, envejece mal”.
Ópera prima de Sara Rosenberg, “Un hilo rojo” es, entre otras cosas, un cuaderno de recortes, un guión para un futuro documental, una autobiografía donde no se dice yo, un sistema de ausencias acosado por el fantasma de Julia Berenstain. Enigma y sentido del texto, Julia es una militante política desaparecida y también el núcleo obsesivo en torno al cual gira la memoria del narrador, Miguel, que se ocupa de reconstruir su trayectoria vital y su lucha a través de los distintos relatos de quienes la conocieron.
Una novela funciona mejor cuando no confirma lo que ya sabemos o lo que deseamos, sino cuando se abre de un modo impredecible y guarda un resto que no se agota, que ninguna lectura puede resolver, un hilo suelto. Ese hilo, que también es el hilo rojo del miedo, le permite a Rosenberg entrar y salir de ese laberinto que se teme y se desea. Un territorio resbaladizo donde la nostalgia del Tucumán perdido se chupa y se saborea como un carozo: “Ticumán, Yacumán, Tucumán, quiere decir ‘hasta aquí llega’ o ‘aquí termina’ en aymara. Y después de cada borramiento, vuelve a empezar”.
En un ensayo hermoso sobre la autobiografía en América Latina, Silvia Molloy dice que el relato familiar es como la fortuna personal: se comparte con los próximos y se defiende contra los extraños. Escrita en el exilio, la novela de Rosenberg puede ser leída también de esta manera. Como un relato de lo propio, como una mirada en un espejo distante en el tiempo y en el espacio donde se buscan las huellas de la pertenencia en el itinerario de Julia y en las voces de quienes la conocieron pero, sobre todo, en la ciudad de los comienzos. A pesar de la radical extrañeza de la lengua de Rosenberg, construida entre la proximidad y la distancia, los lectores que tenemos la posibilidad de la cercanía espacial experimentamos una felicidad similar a la de compartir un chisme o un secreto.
Esa búsqueda amorosa que impulsa la novela, su recorrido y su peregrinaje en torno a la memoria y la historia de Julia pero también de una provincia castigada por el sol y la violencia, funciona para los lectores como un juego de postas o una carrera de relevos. Es un testimonio, o mejor, una novela testigo, no sólo porque mira cosas que otros no han visto sobre Tucumán, sobre su gente, su belleza, sus miserias o sus trabajos, sino porque es una novela que hay que pasarse de unos a otros, una novela que tiene que seguir en circulación, no como un punto de llegada sino como la posibilidad viva de seguir diciendo